Los incendios de las últimas semanas, que dejaron víctimas fatales, viviendas destruidas y arrasaron comunidades enteras en Biobío y Ñuble confirmaron una amarga certeza para el centro-sur de Chile: el fuego ya no es una excepción, sino una especie de rito estacional. Ya no es sólo una tragedia ambiental; es una experiencia colectiva que se repite con una regularidad tan inquietante como agotadora.
Y comenzó 2026, con una multiplicidad de acontecimientos que hasta hace algunos años no era común observar en la pauta noticiosa, o quizás la nueva dinámica de las comunicaciones haya transformado para siempre la relajada rutina periodística estival.
Más allá de la captura de Nicolás Maduro y los preparativos ante el inminente cambio de mando, enero indudablemente estuvo marcado por los devastadores incendios que dejaron 21 muertos, 20 mil damnificados y 800 viviendas destruidas.
Una tragedia que casi eliminó completamente del mapa a sectores como Lirquén, en la comuna de Penco (algunos kilómetros al norte de Concepción), y que dejó más de 41 mil hectáreas quemadas en las regiones de Ñuble, Biobío y Araucanía.
Lamentablemente, las llamas no son ajenas a esta zona del país y marcan un siniestro ciclo ritual de dos o tres veranos sin incendios para luego repetir una temporada estival de fuego y destrucción.
Lo anterior lleva inevitablemente a pensar en el castigo de Sísifo, una de las condenas más simbólicas de la mitología griega, cuyas versiones más conocidas fueron descritas por Homero y Apolodoro.
El mito cuenta que Sísifo, quien fue rey de Corinto, tras engañar en múltiples ocasiones a los dioses recibió la condena de empujar una roca hasta la cima de una colina, tras lo cual caía y debía volver a levantarla.

Una situación muy similar a la que viven las comunidades del centro-sur de Chile, que aproximadamente cada tres años pareciera tener que replicar la misma lógica. En este caso, la roca sería el control del fuego, empujada por el esfuerzo de la comunidad, junto a brigadistas y autoridades. No obstante, la combinación de viento, sequedad y altas temperaturas, se convierten en la fuerza que empuja la roca nuevamente al precipicio.
Pero esta a esta alusión a la mitología clásica le falta un elemento: el castigo. En este caso, ¿Quienes serían los responsables de llevarnos a tal castigo?, ¿Acaso la comunidad, las autoridades o las empresas forestales de la zona?
Muchos apuntarán a las empresas forestales, otros al Gobierno, pero lo cierto es que quizás, entre todos hemos actuado como Sísifo antes que sus artimañas fuesen descubiertas, aunque en este caso el engaño fue hacia nosotros mismos.
Lo anterior, postergando una planificación adecuada del territorio y evitando una mirada a largo plazo, obviando informes como el de la Universidad de Concepción que en 2020 ya advertían riesgos.
Esta reflexión no pretende ser una reprimenda moral, especialmente considerando la difícil situación de muchas familias, pero si una invitación a abordar esta problemática desde una perspectiva más amplia. Acá la pregunta es si podremos superar este «castigo» o simplemente continuaremos en una espiral de autodestrucción periódica.
Por: Maximiliano Ortiz/Periodista.








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